Miguel de Cervantes, seguramente leyó en esta estancia de su casa vallisoletana, a orillas de La Esgueva…
Soy un apasionado de la poesía… siempre acompañado de un café, así empiezo el día. Leo en mi casa y en mi estudio, en medio de la naturaleza…
En el páramo, donde nadie le importuna, ni siquiera su perro: fiel compañero de paseos y lecturas.
Donde escribo, leo. Donde me siento a gusto para escribir, me siento a gusto para leer, porque mi yo escritor es el mismo que mi yo lector. Una cosa y la otra es lo mismo: una conversación.
Por costumbre, antes de la cabriola del pis mañanero viene una lectura al recetario de frases profundas. Desde la mesilla de noche y con la primera luz.
En cualquier sitio, en cualquier circunstancia. Aprovechando el momento, el viaje en autobús, en tren, un día cálido en unos jardines…
En un lugar en el que se siente bien, por la magia de la vida. En un lugar que no tiene importancia, gracias a la magia de la lectura.
Junto a una ventana, dejando que la vida se cuele en la lectura y que la lectura alivie la vida…
En el mismo lugar en el que trabaja, pero en un sillón más confortable que la silla del despacho…
En el jardín de su casa, en el Puerto de Santa María, bajo un jacarandá. Nos lo cuenta María Asunción Mateo, su viuda, y nos confiesa cómo ha cambiado su propio ritual de lectura.